No Necesitas Ser Más Fuerte.

Una persona no es o se hace más fuerte cuando cambia como consecuencia de las acciones de los demás sino cuando no lo hace, cuando sabe mantener su esencia.

Lo que no mata engorda… o te hace más fuerte. Y así, entre una desventura y otra, nos vamos recubriendo de una armadura que, antes o después, habrá de oxidarse con nosotros dentro.

Ésta es una máxima muy extendida y practicada, pues resulta común que las personas reaccionemos así ante los distintos desencantos y decepciones que la vida, a través de sus muchos actores y escenarios, nos pueda deparar. Pero… ¿realmente ganamos algo desde esta actitud? Quizá debiéramos profundizar un poquito más en el significado de nuestras palabras y actitudes, e incluso modificarlo a conveniencia.

Así pues, ser más fuerte podría significar no cambiar en absoluto a pesar de las decepciones y los desengaños; ser fuerte podría suponer mantenernos en nuestras trece y no bajarnos del burro si realmente creemos que obramos bien desde un principio. Que otros no sepan o puedan responder, en un momento dado, no significa que nosotros hayamos obrado mal, ni siquiera que ellos lo hayan hecho.

Piensa en esto: si alguien te falló es porque no supo o no pudo hacerlo mejor o porque esperábamos otro tipo de reacción de esa persona, la cuál tampoco tiene por qué ser la única ni la más conveniente. Pero no quieras buscar culpables porque no los hay. Y si, por casualidad, los encuentras nada cambiará; apenas lograrás enfocar con más intensidad tu dolor y tu desencanto ante la vida, pero sin poder dar una solución productiva a ese malestar. Y siendo esto así, nosotros somos los únicos perdedores.

Si nadie tuvo la culpa de que las cosas no funcionaran como cabría lo hubieran hecho, no necesitarás cubrirte con una coraza impermeable que, poco a poco, te irá aislando del mundo, quedando solo contigo mismo, con tu dolor y sin una salida a la vista.

Pero si algo necesitamos es esperanza. Y para eso es imprescindible aprender a confiar y ayudar, aun cuando la decepción, o la supuesta traición, pueda ser uno de los resultados. Ante esto, comprender y perdonar deben ser nuestras respuestas.

Una persona no es o se hace más fuerte cuando cambia como consecuencia de las acciones de los demás sino cuando no lo hace, cuando sabe mantener su esencia.

Cada uno de nosotros tenemos una forma muy distinta de pensar, entender y proceder ante conceptos como, por ejemplo, la amistad o las relaciones personales. Pero aun cuando fallamos, o nos equivocamos en nuestras decisiones, nunca suele ser con intención de dañar a otras personas sino de buscar sentirnos mejor. Es innegable que en ocasiones las personas procuramos este bienestar en los lugares menos apropiados, pero incluso esta desorientación es síntoma indiscutible de nuestra imperante necesidad.

Hay otro dicho que olvidamos casi con la misma frecuencia con la que aplicamos el anterior: haz sin esperar nada a cambio. ¿Qué razones te impulsan a actuar así o asá? O plantéatelo al revés: ¿estuviste siempre ahí cuando te necesitaron?, ¿alguien te obligó o actuaste así porque crees era lo que se esperaba de ti?, cuando no estuviste o no te encontraron… ¿fue por qué esa persona no te importaba en absoluto?, ¿alguna vez  ayudaste mucho a alguien y sin embargo esa persona no reparó en tus buenas acciones e intenciones?

Todas estas posibles situaciones… ¿deben alterar nuestra capacidad de ayudar y/o confiar? ¿Acaso, y por ejemplo, no saben los padres que sus hijos habrán de caer y fallar algún día no muy lejano? Y sin embargo su amor no deja de crecer.

Crezcamos también nosotros y no dejemos de tender nuestra amable mano, pues no hay otra forma de construir un mañana más amable, un mundo mejor. Sólo así podremos cambiar el mundo.

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