Evolución.

No cabe duda alguna. La vida es el mejor y mayor regalo de todos. Un regalo que, desde hace aproximadamente 4.000 millones de años, viene transmitiéndose de generación a generación.

A pesar de ser eso mismo, un regalo, la vida siempre tuvo que abrirse paso, luchando y adaptándose, mutando ante los cambios de un entorno en perpetuo reciclaje.

El objetivo único: sobrevivir lo suficiente para transmitir el legado a la siguiente pléyade de luchadores. Más fuertes, más ágiles, más rápidos… más capaces. Vivir para dar vida. La continuidad era regla.

El tiempo pasó y la evolución de la vida, una mutación aquí y dos allá, alcanzó a convenir, a su modo, que había llegado el momento de que unos seres como nosotros, tan frágiles y temerosos del cambio, hicieran su aparición sobre la faz de la tierra.

Más cambios, más evolución, más tiempo… Nuestro temor y nuestra fragilidad provocaron que nuestra especie escogiera la socialización como estrategia de supervivencia, siendo necesario para ello introducir nuevos cambios y matices en nosotros.

La existencia y el éxito ya no dependían tanto de la fuerza bruta como de la capacidad de estos individuos nuevos de comunicarse y colaborar.

Porque, si dos individuos débiles que se asocian pueden vencer a uno fuerte… ¿de qué nos sirven entonces la fuerza o la violencia? La astucia se reveló mucho más eficaz.

Transmitir debidamente necesidades e inquietudes y cooperar con los demás se tornó imprescindible para sobrevivir.

Este nuevo orden dio paso a más cambios y estos al refinamiento de esos matices que tuvimos a bien llamar emociones y sentimientos.

Estas emociones trasladaron las dudas y exigencias a nuestro interior, dotándonos de conciencia sobre nosotros mismos, obligándonos a navegar sobre un eterno por qué.

Apareció el Yo para disputarle terreno al determinismo biológico y allí donde antes el instinto animal nos condenaba ahora podíamos escoger. Aunque con la elección vinieron más dudas.

Poco a poco, fuimos capaces de moldear el entorno a nuestro antojo, pero nuestros temores no disminuyeron. Seguimos siendo las mismas criaturas asustadizas e ingeniosas, divididas e incompletas, a caballo entre el instinto y la razón.

El miedo que sentimos ante la vida es capaz tanto de impulsar nuestra creatividad como de hacer que dejemos nuestra libertad, nuestra capacidad de decisión, en manos ajenas.

Vivir es principio y es final. Nosotros apenas somos un instante entre ambos extremos.

Un instante sí. Pero uno que inconscientemente, a pesar de toda zozobra y por encima de todo deseo, ambiciona no dejar de ser, no dejar de existir.

Y, de algún modo, la única manera de perdurar es pasar el testigo. Qué sagaz fue la vida al asociar en nosotros sexo, placer y reproducción; qué maravillosa trampa.

Pues para ella la continuidad sigue siendo la regla. Quizá ése sea el único y verdadero motor que, bajo mano, siempre impulsó a la humanidad.

Pero ahora, nosotros, podemos tomar esta decisión con un poquito más de conciencia. Y si te saltaste el por qué o el cuándo, al menos sí puedes plantearte ahora cómo ser el mejor padre o la mejor madre para tus queridos hijos.

No en vano, a pesar de nuestros avances y confianza, la de la paternidad sigue siendo una de las aventuras más grandes e inciertas de nuestras vidas. Y es normal. Traer al mundo vida es una de las mayores responsabilidades.

¿Cómo cuidar algo tan frágil? ¿Qué y cómo ofrecerlo? ¿Sabremos estar a la altura en cada momento? ¿Qué necesita un niño para ser feliz? ¿Para ser madre debo sacrificarme incondicionalmente como individuo? ¿Y si nos equivocamos? ¿Lograrán ser adultos felices?

A pesar de nuestras eternas y legítimas dudas y a pesar, incluso, de nosotros mismos la vida seguirá siendo, pero en esta ocasión a través de ellos. Qué bonito regalo poder compartir su crecimiento y desarrollo.

Sin duda, ellos llegan con muchas ganas de aprender, aunque sin la menor sospecha de cuánto van a enseñarnos a nosotros, los héroes de sus años dorados. Pero eso… será otra entrada.

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