La Disciplina del Cariño.

En esta primera entrada vamos a revisar uno de los factores más importantes que condicionan el proceso de Enseñanza-Aprendizaje (E-A): la actitud de padres y tutores hacia la vida.

Educar es una labor llena de dudas en la que apenas cabe una única certeza: debe ser acometida con las mejores actitudes e intenciones y con grandes dosis de compromiso y auto-crítica.

No existe un método infalible capaz de asegurarnos poder inculcar en nuestros tutelados todos los conocimientos y todas las herramientas necesarias para gozar de una vida saludable, larga y llena de éxitos.

Como individuos, nuestra sabiduría se genera a posteriori.
Como colectivo, atesoramos y transmitimos conocimientos que permitan nuestra perpetuidad ante un mañana mutable.

Toda metodología muestra puntos fuertes y débiles, haciendo patente la importancia de nuestro enfoque personal a la hora de educar. Además, toda metodología es caduca a la hora de formar para el futuro.

Resulta del todo imposible prepararse para el mañana apenas con los conocimientos del ayer. Es necesario algo más, pues de otro modo estaríamos limitando a las generaciones venideras incluso antes de llegar.

Es preciso un nexo entre el exterior y el interior y ese nexo podría ser nuestra actitud hacia la vida.

Ya sea para vivir nuestra propia existencia o para guiar la de otros, la vida exige de nosotros una actitud renovada a la altura de tamaña aventura.

No es difícil encontrar ejemplos de personas que parecen sentir cierta desazón hacia la vida, como si ésta les debiera algo o no les estuviera tratando bien.

Esta desazón primera se transformará en tristeza y ésta última en rabia y resentimiento.

Tristeza y rabia… Queda más que claro que éstas no son las mejores actitudes ni para disfrutar del maravilloso festín de la vida ni para invitar a alguien a ella.

Sin duda alguna, si como padres es nuestro deseo ofrecer una tutela lo más completa posible a nuestros hijos deberemos tener en cuenta un sinfín de variables.

Pero, en beneficio de todas las partes, algo que nunca deberemos olvidar es que éstas tendrán que ser transmitidas con amor, alegría, firmeza, compromiso y optimismo.

La actitud de padres y docentes debe reflejar y mostrar a sus tutelados su amor, su pasión y su respeto por la vida.

Además, cualidades como el amor propio, la curiosidad, la imaginación, el desafío, la autodeterminación, el equilibrio, la experimentación o la auto-superación ayudarán a nuestros hijos a ser capaces de suplir las posibles carencias de su educación primera.

De esta manera, ellos verán el mañana con el agrado y la ilusión de un nuevo reto y serán más capaces de adaptarse a la incertidumbre de un futuro que ellos aún han de inventar.

Un capitán nervioso y enfadado embarrancará en un mar sereno, mientras que un capitán tranquilo podrá ser capaz de gobernar su nave incluso en las tempestades más terribles.


Si queremos ofrecer una buena educación a nuestros hijos podemos comenzar por:

  • estar en sintonía con nuestras propias vidas.
  • ofrecer siempre el mejor ejemplo posible.
  • vivir desde la alegría, la emoción o la curiosidad.
  • recordar que la libertad está íntimamente relacionada la responsabilidad y la capacidad de compromiso.
  • recordar que ser madre o padre no supone crear réplicas a nuestra imagen y semejanza, ni tampoco es una segunda oportunidad de la vida para corregir errores pasados.


Sólo obrando así podremos tener la conciencia completamente tranquila pues es la única estrategia que nos asegurará:

  • beneficios personales en nosotros y también en nuestros queridos hijos e hijas, tanto ahora como en el futuro.
  • ayudar a todas las partes a aprender a disfrutar y articular su propia libertad, aunque siempre desde la auto-crítica y la responsabilidad.
  • realizar una revisión sosegada, pero constante que nos permita seguir adaptándonos a las nuevas circunstancias de la vida, incluidos lo nuevos retos parentales.

Y no lo olvidemos: lo importante no es aquello qué se enseña sino cómo se enseña. Pero eso… será otra entrada.

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